Indice del artículo
Contenidos en la Red: Deontología periodística y ética de la información, un binomio inseparable para la expansión del periodismo digital
1. La mentalidad de aldea (R. Kapuscinski)
2. De lo concreto a lo universal (R. Kapuscinski): De lo local a lo global en la información
3. El mundo real y el mundo virtual
4. Introducción a la mentalidad global del hombre: un claro ejemplo internet
5. Contenidos en Internet: No todo lo que reluce es oro
6. Contenidos ilícitos en internet
7. Derechos Humanos en el ciberespacio
Bibliografía y Notas
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3. El mundo real y el mundo virtual

R. Kapuscinski   nos explica como el ser humano en su memoria genética primitiva sigue viendo el mundo actual como una aldea, una tribu, un barrio, una calle, donde no cave lo universal porque no tiene idea de tal cosa.
La realidad actual a puesto al individuo en un conflicto  que no consigue comprender, como puede el periodista conseguir entender y escribir una realidad que no vive que no concibe por cultura moral o religión, pero debe de informar para cumplir así con su misión, pues esto es lo que sucede cuando desde occidente se cubren noticias, que ocurren allende los mares en lugares donde no existe un Dios como nosotros lo concebimos, no existe una lengua como nosotros la hablamos no existe una moral como nosotros vemos, es cuando llegamos a la conclusión de que somos una aldea, una tribu, un barrio o una calle, pero también somos un universo, diverso amplio desigual, pero que nos une una cosa, que la humanidad somos todos
y nuestra naturaleza humana nos iguala, nos guste o nos disguste.

Al mismo tiempo, la relevancia de los medios crece a medida que avanza el siglo. Los jóvenes periodistas que hoy se desempeñan en el pequeño territorio de la prensa escrita van a trabajar en una civilización donde nuestra tarea importará cada día más por dos razones: la primera, porque es una profesión a través de la cual se puede manipular a la opinión pública; la segunda, porque los mecanismos de los medios construyen un mundo virtual que reemplaza al mundo real.

La manipulación de los modos en que piensa la gente, una práctica de enorme difusión, se emplea en numerosos sentidos y medidas. Ya no existe la censura como tal, con excepción de ciertos países; en su lugar se utilizan otros mecanismos –que definen qué destacar, qué omitir, qué cambiar- para manipular de manera más sutil. Eso importa a los poderosos de este mundo, siempre tan atentos a los medios, porque así dominan la imagen que dan a conocer a la sociedad y operan sobre la mentalidad y la sensibilidad de las sociedades que gobiernan.

Con respecto a la construcción del mundo virtual, es valioso recordar que hasta 30 ó 40 años atrás hombres y mujeres conocíamos la historia que nos enseñaban en las escuelas y a través del relato de nuestras familias, dos vertientes que formaban parte de la memoria colectiva de las sociedades a las que pertenecíamos. Hoy, en cambio, con el desarrollo de los medios, vivimos en un mundo donde la historia se ha vuelto doble, donde conviven dos historias simultáneas: aquella que aprendimos en la escuela y en la familia, de manera personal, y la que nos inculcan los medios, que fijamos – a veces subconscientemente- a través de la televisión, la radio, los métodos de distribución electrónica. El gran problema se presenta cuando, con el tiempo, esta acumulación de construcciones de los medios nos hace vivir cada vez menos en la historia real y cada vez más en la ficticia. Es la primera vez que algo así ocurre a la humanidad. Enfrentamos un fenómeno cultural del que no sabemos cuáles podrán ser sus consecuencias.

La revolución de los medios ha planteado el problema fundamental de cómo entender el mundo. Convertida en una nueva fuente de la historia, la pequeña pantalla del televisor elabora y relata versiones incompetentes y erróneas, que se imponen sin ser contrastadas con fuentes auténticas o documentos originales. Los medios se multiplican a un velocidad mucho mayor que los libros con saberes concretos y sólidos.

Un ejemplo que nos da Kapuscinski, de cómo la información a nivel mundial a trastocado la idea que tiene el hombre de su entorno, fue la guerra que aconteció  en Ruanda en 1994. Una de las masacres más grandes del siglo XX sucedió durante tres meses en un país pequeño y desconocido, muy adentro del enorme continente de África, de estructura sociológica muy complicada, con una historia cultural y étnica peculiar que muy pocas personas conocían. También es muy poca la gente que sabe lo que realmente pasó allí; algunos académicos, algunos especialistas en asuntos africanos: un grupo muy reducido que quedó ciertamente asombrado de la falsedad con que se dio a conocer el horror que vivió Ruanda cuando la noticia se difundió por el mundo.

Millones y millones de personas en todos los continentes aprendieron una historia irreal de esos acontecimientos a través de las noticias que mostró la televisión. Esa construcción ficticia fue la única historia que conocimos, la única que hubo y quedó, porque las voces alternativas –los pocos libros que aparecieron sobre Ruanda de antropólogos, sociólogos y otros especialistas- no pueden ofrecer la misma accesibilidad que los medios masivos. La gente común conoce la historia del mundo a través de los grandes medios.

Como ésa, cada vez más historias virtuales ocupan el lugar del mundo real en nuestro imaginario. Esas manipulaciones nos alejan de las historias y problemas reales que suceden en las diversas civilizaciones. Vivimos en un mundo de tantas culturas que solamente un reducido grupo de especialistas es capaz de entender y aprender algo de lo que está pasando. El resto accede al discurso fragmentado y superficial que los grandes medios condensan en un minuto: se trata de un problema que seguiremos sufriendo mientras las noticias muevan tanto dinero, estén influidas por el capital y compitan como productos de los dueños de los medios.